Las ciudades y el campo se necesitan

8 febrero 2021

Las ciudades y el campo se necesitan

Todos los que nos dedicamos a la innovación estamos ahora mismo explorando obsesivamente las posibilidades, condiciones y reglas de juego del flamante plan europeo de recuperación económica Next Generation, y tratando de entender las claves y entresijos que vehicularán los ingentes fondos que pondrá a circular esta bendita apuesta keynesiana. En mi caso -en mi casa- buscamos oportunidades para ayudar a que el alimento sea tu mejor medicina personalizada, al reequilibrio territorial sostenible y a la competitividad de las empresas comprometidas con la buena comida.

Buceando entre tanta información, desinformación e intereses, se me ha hecho evidente, una vez más, uno de los problemas que afecta a la economía de -o para- la vida por lo que respecta a su pilar básico, la alimentación.

La cosa es que las ciudades y el campo se necesitan, forman parte de un mismo sistema, pero parece que lo hayamos olvidado. Lo dice la FAO y lo sostiene la lógica, sin el territorio agrario que produce sus alimentos, los ciudadanos no van a comer.

No, dejémoslo claro de una vez por todas, ni los siempre bienvenidos huertos urbanos ni la agricultura vertical tienen capacidad para producir las calorías y nutrientes que la ciudad necesita. Y tampoco será la solución convertir todos los tejados en huertos mientras se llenan de placas solares los campos que ahora son de cultivo.

La ciudad y el campo forman parte de un mismo sistema alimentario que para garantizar la seguridad alimentaria no puede ser cerrado, pero para ser resiliente debe priorizar la proximidad.

A la ciudad le interesa, pues, que a su alrededor haya un tejido rico, importante y diverso de productores y transformadores agroalimentarios competitivos y a estos una comunidad de consumidores que entiendan y aprecien su valor añadido de compromiso con el entorno que comparten, y también con la salud de una comunidad que es la misma, que usa y paga conjuntamente un solo sistema de sanidad, de educación superior y de investigación.

Pero todas estas obviedades quedan enmascaradas por unas barreras culturales cargadas de prejuicios tan simplistas que darían risa si no fuese el asunto tan serio. Somos presas de una inconsciente categorización binaria que sitúa exclusivamente en el ámbito urbano la creatividad, la capacidad de innovación, la investigación de frontera, la apuesta por las nuevas tecnologías, la alta cultura, la juventud, la mentalidad abierta y la mirada al futuro; mientras reserva a la ruralidad, también exclusivamente, la tradición, el diálogo sinérgico con el entorno natural, la cultura popular, la vejez, su sabiduría y la responsabilidad de preservar las esencias.

Así, el ciudadano Dr. Jekyll entre semana vive y come en la ciudad los ligeros platos tendencia acabados de llegar de Asia, Latinoamérica o el próximo Oriente con escala en Nueva York y los últimos alimentos procesados «plant based» de soja extrusionada de origen desconocido, formando parte de la última dieta de moda, recién llegada directamente de Hollywood vía influencers, quizás «Andorra based», de Instagram. Mientras, el fin de semana, Mr. Hyde va al campo en busca de lo más local, auténtico y contundente, de esos fantásticos huevos de verdad, kilómetro cero, de gallinas criadas a la antigua y fritos como siempre para mojar el excelente pan de leña de toda la vida.

De acuerdo, es una exageración, una caricatura, por suerte hay muchos ejemplos que desmienten este tópico, pero aún son excepciones que confirman la regla. Debemos trabajar con visión para que los dos espacios sean más conscientes de que en realidad son uno y se necesitan, que nuestra innovación alimentaria de la ciudad debe buscar el sabor propio, la diferenciación local y la sabiduría del entorno; y nuestros imprescindibles campesinos poder acceder a todas las ventajas de la nueva logística inteligente, la analítica de datos, el desarrollo biotecnológico o la nutrición personalizada.

Solo así, sin prejuicios y con una buena gobernanza aplicada a la tradición gastronómica más creativa, en un país mediterráneo con tanto potencial para el desarrollo de la dieta más sana a partir de una agrobiodiversidad privilegiada, investigación y transferencia, tendremos un sistema de innovación alimentaria virtuoso, bien cimentado, ágil y proyectado al futuro.

Source: lavanguardia.com

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